Tomamos decisiones constantemente. Algunas parecen insignificantes, como elegir qué hacer primero durante el día. Otras pueden cambiar nuestro rumbo: aceptar un trabajo, terminar una relación, afrontar un conflicto o decidir si merece la pena asumir un determinado riesgo.
En muchas ocasiones pensamos que decidir bien consiste únicamente en analizar los datos y escoger la opción más lógica. Sin embargo, hay algo que siempre está presente, aunque no lo tengamos en cuenta: nuestras emociones.
El miedo puede hacer que descartemos una oportunidad. La ilusión puede llevarnos a asumir más riesgos de los que asumiríamos en otro momento. El enfado puede empujarnos a responder demasiado rápido. Y la ansiedad puede hacer que veamos problemas donde quizá solo existen posibilidades.
Por eso, la inteligencia emocional tiene mucho que aportar a la hora de tomar decisiones. No se trata de eliminar las emociones ni de dejar que ellas decidan por nosotros, sino de aprender a reconocerlas y entender qué información nos están proporcionando.
La inteligencia emocional está relacionada con la capacidad de identificar, comprender y gestionar las propias emociones, así como de interpretar las emociones de otras personas. Este conocimiento puede resultar especialmente útil cuando tenemos que decidir en situaciones complejas.
De hecho, la investigación sobre toma de decisiones muestra que emoción y razonamiento no funcionan como dos sistemas completamente separados. Las emociones pueden influir en la manera en que valoramos las alternativas, percibimos los riesgos y anticipamos las consecuencias de una elección. (PubMed)
Esto no significa que sentir miedo, enfado o entusiasmo sea negativo. El problema aparece cuando una emoción intensa pasa desapercibida y empieza a dirigir nuestra conducta sin que seamos conscientes de ello.
Por ejemplo, quizá recibas una crítica en el trabajo y sientas que tienes que responder inmediatamente. La reacción puede parecer lógica en ese momento, pero quizá lo que realmente está detrás sea el enfado o la sensación de haber sido injustamente tratado.
Reconocer esa emoción crea un pequeño espacio entre lo que sentimos y lo que hacemos. Y, a veces, ese espacio es suficiente para tomar una decisión diferente.
Existe una idea bastante extendida según la cual las buenas decisiones son aquellas que se toman “con la cabeza” y no “con el corazón”. Pero la realidad es bastante más compleja.
Las emociones también contienen información. Pueden señalar que algo nos preocupa, que una situación entra en conflicto con nuestros valores o que necesitamos prestar más atención a una determinada circunstancia.
La clave está en no confundir escuchar una emoción con obedecerla.
Sentir miedo antes de cambiar de trabajo no significa necesariamente que debamos quedarnos. Pero tampoco significa que tengamos que ignorarlo. Puede ser útil preguntarse qué hay detrás de ese miedo: ¿incertidumbre económica?, ¿miedo al fracaso?, ¿dudas sobre el nuevo puesto?, ¿o simplemente temor a salir de una situación conocida?
Cuando somos capaces de hacernos estas preguntas, la emoción deja de ser un obstáculo y se convierte en una fuente de información.
Para profundizar en cómo funciona este proceso y en las diferentes habilidades que forman parte de la inteligencia emocional, resulta útil conocer aspectos como el autoconocimiento, la regulación emocional y la empatía. Puedes ampliar esta perspectiva en qué es la inteligencia emocional y cómo desarrollarla.
Antes de tomar una decisión importante, merece la pena detenerse unos segundos y poner nombre a la emoción.
No es lo mismo estar preocupado que enfadado, sentirse decepcionado que tener miedo o experimentar ilusión que sentir presión.
Poner nombre a lo que ocurre internamente puede ayudarnos a observar la situación con algo más de distancia.
Una emoción es real, pero no necesariamente describe de forma objetiva lo que está sucediendo.
Puedes sentir que todo va a salir mal y, al mismo tiempo, no disponer de ninguna evidencia que confirme esa conclusión.
Preguntarte “¿qué sé realmente y qué estoy imaginando?” puede ser una herramienta sencilla para separar los hechos de las interpretaciones.
Cuando una emoción es demasiado intensa, decidir puede resultar más complicado. El enfado, la ansiedad o el miedo pueden favorecer respuestas impulsivas y hacer que prestemos una atención excesiva a determinados aspectos de la situación.
Por eso, ante una decisión importante, puede ser útil esperar si no existe urgencia. Dar un paseo, escribir lo que pensamos, hablar con alguien de confianza o simplemente dormir antes de responder puede cambiar nuestra perspectiva.
No se trata de aplazar eternamente las decisiones, sino de evitar tomarlas desde un estado emocional que dificulte valorar las opciones.
Las emociones suelen empujarnos hacia lo inmediato. Queremos evitar ahora aquello que nos genera malestar o conseguir cuanto antes aquello que nos produce satisfacción.
Sin embargo, una decisión efectiva también necesita mirar un poco más lejos.
Preguntarse “¿cómo creo que me sentiré con esta decisión dentro de seis meses?” puede aportar una perspectiva diferente. A veces descubrimos que estamos buscando aliviar una emoción momentánea a costa de un problema mayor en el futuro.
La inteligencia emocional también tiene una dimensión interpersonal. Las decisiones que afectan a otras personas requieren comprender sus necesidades, expectativas y emociones.
Esto no significa dejar que los demás decidan por nosotros. Significa incorporar información que quizá no habíamos tenido en cuenta.
La empatía puede ser especialmente importante en situaciones de conflicto, tanto en el ámbito personal como profesional. Una revisión sistemática reciente sobre emociones y toma de decisiones estratégicas señala precisamente la relevancia de la inteligencia emocional y la gestión de conflictos en este tipo de procesos.
No hace falta convertir cada elección cotidiana en un complicado ejercicio de introspección. Una pequeña pausa puede ser suficiente.
Antes de decidir, puedes hacerte cuatro preguntas:
Cuando la decisión es especialmente relevante y existe mucha carga emocional, contar con una perspectiva profesional también puede ayudar a ordenar pensamientos, identificar patrones y comprender mejor aquello que está influyendo en nuestras elecciones. En función de las necesidades de cada persona, existen diferentes opciones dentro de las especialidades de psicología de ViBood.
Las emociones forman parte de cualquier proceso de decisión. Pretender eliminarlas no solo es poco realista, sino que puede hacer que pasemos por alto información importante sobre nosotros mismos y sobre lo que está ocurriendo a nuestro alrededor.
La inteligencia emocional propone algo diferente: aprender a reconocer lo que sentimos, comprender por qué aparece y decidir qué hacer con ello.
A veces será necesario esperar. Otras, pedir ayuda. En determinadas situaciones habrá que asumir un riesgo y en otras será más sensato dar un paso atrás.
La cuestión no es conseguir tomar siempre la decisión perfecta. Es poder tomar decisiones con mayor conciencia, sin quedar atrapados por una reacción emocional del momento.
Y quizá esa sea una de las formas más útiles de entender la inteligencia emocional: no como una manera de controlar lo que sentimos, sino como una herramienta para conocernos mejor y elegir desde un lugar más consciente.