Hay personas que consiguen un ascenso y, en lugar de sentirse orgullosas, piensan que han tenido suerte. O que reciben una felicitación por su trabajo y responden con un “no es para tanto”. Incluso puede ocurrir algo más desconcertante: después de años estudiando, formándose y acumulando experiencia, siguen esperando el momento en el que alguien descubra que, en realidad, no son tan buenos como parecen.
Si alguna vez has pensado algo parecido, es posible que hayas experimentado el síndrome del impostor.
No significa que seas una persona insegura ni que carezcas de capacidades. De hecho, una de sus características más llamativas es precisamente esa contradicción entre lo que una persona ha conseguido y la dificultad que tiene para reconocerlo como propio.
El llamado síndrome del impostor, conocido en psicología como fenómeno del impostor, describe una experiencia de duda sobre las propias capacidades en la que los logros se atribuyen a factores externos —como la suerte, las circunstancias o haber trabajado muchísimo— en lugar de reconocer las propias habilidades.
La Asociación Americana de Psicología explica que no se trata de un diagnóstico clínico. Es, más bien, un patrón de pensamientos y emociones que puede aparecer especialmente ante situaciones en las que sentimos que estamos siendo evaluados o que tenemos mucho que demostrar.
El problema aparece cuando esa sensación deja de ser puntual y empieza a condicionar la forma en la que una persona toma decisiones, trabaja, se relaciona o se valora.
Por ejemplo: consigues un puesto de trabajo que deseabas y piensas que te han contratado porque no había mejores candidatos. Terminas un proyecto con buenos resultados y atribuyes el éxito a que “esta vez ha salido bien”. Te felicitan y, en lugar de aceptar el reconocimiento, buscas inmediatamente una explicación que lo quite de en medio.
El resultado puede ser agotador: nunca parece suficiente.
No existe una única causa. El síndrome del impostor puede relacionarse con determinados rasgos personales, experiencias anteriores y contextos en los que existe mucha presión por demostrar el propio valor.
El perfeccionismo tiene un papel importante. Cuando una persona establece estándares prácticamente imposibles de alcanzar, cualquier pequeño error puede convertirse en una prueba de incompetencia. El éxito, en cambio, se percibe como lo mínimo que debía conseguirse.
También influye la comparación constante. Las redes sociales y determinados entornos profesionales hacen que sea muy sencillo observar los resultados de los demás sin conocer todo lo que hay detrás. Vemos el ascenso, el proyecto terminado, el viaje o el reconocimiento, pero no las dudas, los errores ni las horas de trabajo que han quedado fuera de la fotografía.
Y aparece una trampa bastante frecuente: cuanto más esfuerzo hacemos para evitar equivocarnos, más convencidos podemos acabar de que solo hemos conseguido las cosas gracias a ese esfuerzo extraordinario.
La APA señala precisamente la relación entre el fenómeno del impostor y el perfeccionismo, así como la tendencia a sobre prepararse o a posponer determinadas tareas por miedo a no alcanzar el nivel esperado.
No hace falta que todas las señales estén presentes. Algunas de las más habituales son:
Una señal especialmente reveladora es que las evidencias objetivas no consiguen modificar la sensación interna. Puedes tener experiencia, formación, buenos resultados y reconocimiento externo, pero seguir sintiendo que no eres suficientemente bueno.
Superarlo no consiste en repetirse delante del espejo que eres increíble hasta que desaparezcan todas las dudas. Si fuera tan sencillo, probablemente no estaríamos hablando de ello.
El cambio empieza por aprender a cuestionar la interpretación que hacemos de nuestras experiencias.
Imagina que presentas un proyecto y recibes una valoración positiva. El hecho es que el proyecto ha gustado.
La interpretación puede ser: “Han sido demasiado generosos”, “seguro que no se han dado cuenta de mis errores” o “la próxima vez descubrirán que no soy tan bueno”.
Intenta distinguir ambas cosas. Una cosa es lo que ha ocurrido y otra la historia que tu mente construye alrededor.
Este ejercicio puede parecer sencillo, pero ayuda a detectar pensamientos automáticos que, repetidos durante años, terminan pareciendo verdades.
Cuando alguien te felicite, prueba a no responder inmediatamente con un “bueno, tampoco es para tanto”.
Un simple “gracias” es suficiente.
También puede ser útil llevar un registro de logros. No solo de grandes acontecimientos. Incluye decisiones acertadas, problemas que has resuelto, habilidades que has aprendido o situaciones difíciles que has sabido manejar.
El objetivo no es alimentar el ego. Es construir una visión más equilibrada de ti mismo.
Equivocarte no demuestra que seas un fraude. Demuestra que eres una persona que puede equivocarse.
El perfeccionismo suele convertir un error concreto en una conclusión general: “me he equivocado” pasa a convertirse en “no valgo para esto”.
Intenta mantener la primera afirmación y cuestionar la segunda.
La autoestima no se construye siendo perfecto, sino pudiendo reconocer tanto las capacidades como las limitaciones sin convertir ninguna de ellas en una sentencia sobre nuestro valor personal.
Compararte puede resultar útil cuando sirve para aprender. Se vuelve dañino cuando utilizas los resultados visibles de otra persona para juzgar todo lo que tú haces.
Nadie tiene acceso a la historia completa de los demás.
Si la comparación ocupa demasiado espacio en tu vida, puede ser interesante trabajar sobre la forma en la que te valoras. La terapia para mejorar la autoestima y trabajar los complejos puede ayudar a identificar las creencias que mantienen esa sensación de no ser suficiente y construir una valoración personal más estable.
Una de las trampas del síndrome del impostor es pensar: “Cuando tenga más experiencia, dejaré de sentirme así”.
A veces sucede justo al contrario. Esperar a sentir una seguridad absoluta antes de dar un paso puede hacer que renuncies a oportunidades que sí podrías afrontar.
La confianza no siempre aparece antes de actuar. Muchas veces se construye después, cuando comprobamos que podemos enfrentarnos a una situación, incluso aunque al principio tengamos miedo.
Sentir inseguridad de vez en cuando es humano. Otra cuestión es vivir pendiente de cometer un error, necesitar demostrar constantemente tu valor o sentir una ansiedad intensa cada vez que tienes que enfrentarte a una nueva responsabilidad.
Cuando el miedo a fallar empieza a afectar al descanso, al trabajo, a las relaciones o a las decisiones cotidianas, merece la pena prestar atención.
Además, el fenómeno del impostor puede coexistir con ansiedad, baja autoestima o síntomas depresivos, por lo que no conviene reducir todo el malestar a una simple “falta de confianza”.
En estos casos, contar con el acompañamiento de un psicólogo especializado en ansiedad y estrés puede ayudarte a comprender qué está alimentando ese miedo y a desarrollar herramientas para manejarlo de otra manera.
Quizá una de las ideas más difíciles de aceptar cuando aparece el síndrome del impostor es que no necesitas sentirte completamente seguro para reconocer tus capacidades.
Puedes tener dudas y seguir siendo competente. Puedes cometer errores y seguir siendo bueno en lo que haces. Puedes necesitar ayuda y continuar siendo una persona capaz.
La cuestión no es conseguir que nunca vuelva a aparecer esa voz que dice “no eres suficiente”. Se trata de aprender a escucharla sin darle automáticamente la razón.
Porque tus logros no dejan de ser tuyos solo porque una parte de ti todavía tenga dificultades para creerlo.